Sonreí y me senté. No le debía deferencia alguna pero pudieron sobre mí la urbanidad y modales de la vida.
Él es mi marido - afirmó - Desde hace quince años lo es. Soy su única esposa, madre de sus dos hijos y a pesar de que ya no vivamos juntos, él será por siempre parte de mi historia.
Detuve la taza en mis labios, para que ella prolongara su discurso y la escuche detenidamente. Ella narró la amistad que surgió entre ellos hace diecisiete años y cómo maduró hasta un matrimonio de diez. Lloró sus infidelidades y reconoció los momentos, alegres y duros, vividos a su lado.
El café que bebí aquel día me duró toda una vida. Y finalmente me confrontó, justo cuando mis labios consumían el sorbo final de esa bebida cuasi eterna.
¿Puedes acaso superar mi historia?
Por supuesto que no - le dije - Lo que tú y él vivieron les pertenece solamente a ustedes dos.
Y entonces - ¿Porqué tu recuerdo se interpone entre él y yo? - me preguntó con un dejo de amargura.
No lo sé - le respondí - Yo tengo veinte años de no hablarle y quince de no verlo. Quizás mi nombre pesa en su memoria porque simplemente fui el primer amor en su vida.
La cuenta llegó, me levanté para pagarla y así me despedí de su señora.
Keb Akabal®.