Las calles de Guatemala alumbraban tanto como lo harían las viejas candelas de
sebo, la penumbra reinaba por toda la ciudad y la tímida luz que de esos focos
se obtenía, apenas servía para evitar resbalarse en plena calle, y eso
solamente si uno se mantenía sobrio. René Santos lo comprobó duramente, porque
intoxicado como estaba, repleto de coca, fiesta y alcohol, al salir de la
“Sueño Amarillo”, la nueva discoteca gay de la ciudad, probó varias veces el
suelo como santo Cristo de las mil caídas.
El joven se había escapado de su casa desde los ocho años, tenía que caminar
unas cuantas cuadras al destartalado hotel de veinticinco quetzales por noche, a
un pequeño cuarto que alquilaba con dos amigos, que más experimentados y
acostumbrados a la juerga, seguían la parranda en la disco. El, por su parte,
se sentía mareado y después de vomitar hasta el espíritu, decidió descansar y no
agarrar la furia, pues apenas era jueves y debía trabajar muy temprano. A sus
veinte años, ya había vivido el mundo, huyó de su casa, cansado de su padrastro
quien de día lo llamará marica irredento acompañado de una sinfonía de golpes y
maltrato. Asqueado de la vida en casa, huyó a la seguridad de las calles donde
encontró comida y casa a cambio de regalar su cuerpo a hombres y a viejos que
codiciaban su juventud y atractivo. Ahí conoció a su primera pareja, un joven
de su edad, con el que vivió un intenso pero fugaz romance. La ilusión de amor
solamente duró un año y finalizó cuando su novio lo abandonó sin motivo alguno.
Fue ahí cuando decidió vivir con dos amigos y se puso a trabajar en una tienda
de ropa, al lado de otros jóvenes iguales a él. Y es que el dueño del lugar, un
chino recién llegado al país, no le preocupaba más que las ganancias y los
negocios, dándose cuenta al poco tiempo, que los homosexuales le eran rentables,
como su mercancía, porque le servían bien y a bajo costo.
Nuestro héroe disfrutaba de la música, pasear e ir de compras con sus amigos.
Era sociable, le gustaba conocer nuevas personas, pero sobre todo amaba el cine,
en especial las películas de ciencia ficción con alienígenas incluidos, tanto
que era asiduo a esas historias al punto de desear ser llevado lejos de la
tierra y conocer con ellos, nuevos y mejores mundos.
Esa noche, luego del exceso y del pleito interno con su estomago, se vio rodeado
por una luz intensa que lo cegó completamente. El ruido de un poderoso motor
acallo su conciencia y pronto se percató rodeado por tres seres a los que no
les distinguía rostro alguno. Primero se asustó, pero luego se perdió en la
emoción de estar ante la presencia de seres no humanos. Sus sospechas se
acrecentaron, porque aquellos, vestidos de negro, con marcas oscuras sobre su
piel medio descubierta, de forma casi humanoide, manejaban un exótico lenguaje,
tanto que solo alcanzó a comprender una que otra palabra.
René no sintió miedo hasta que se vio inmovilizado por los visitantes de otro
mundo. En su extraña lengua percibió odio y su cuerpo y mente empezaron a sufrir
cuando le fuera arrancada la ropa, lanzado al suelo con violencia y sentir sobre
su cuerpo golpes acompañados de brutalidad. Ante este ataque alíen, el no podía
moverse y sintió como uno de estos seres le presionaba la cabeza con un
instrumento que parecía destinado a succionarle la mente. Otra de estas
criaturas parecía interesada en experimentar la resistencia de su cuerpo,
punzándolo por todos lados con un instrumento filoso, similar a una aguja de
considerable tamaño. A lo lejos veía como el tercer visitante se reía sin cesar
de aquella escena.
Pronto mudó su miedo en terror, cuando cansado por los extraños procedimientos,
comprendió que lo difícil estaba por venir. Cerró los ojos cuando lo voltearon a
boca abajo y apenas alcanzo a gemir cuando se rostro se estrelló en el suelo,
ahogó un grito cuando sus piernas fueron separadas sin decoro y de forma casi
instantánea se sintió penetrado por un frío instrumento tan largo y que se
ensanchaba a medida que se abría paso por su recto y que al instante le provoco
un doloroso sangrado. El no podía creerlo, estaba siendo violado por los
extraterrestres, mudo por la experiencia, sintió en medio de sus dolores un
terrible sentimiento de impotencia y un enojo enorme, hasta los visitantes de
otros mundo no respetaban su cuerpo y su vida.
Dos lágrimas salieron por sus ojos, no comprendía si eran a consecuencia del
maltrato que padecía o por la tristeza que manaba de su corazón. No tuvo tiempo
de pensar en ello. Pronto se vio aquejado por una presión intensa en la cabeza,
por lo que olvido lo que estaba sintiendo entre sus piernas. Su cabeza estaba
siendo atacada por objetos sólidos y poco a poco la luz blanca que lo rodeaba se
fue apagando y solamente le quedaba silencio y oscuridad.
Sus recuerdos empezaron a diluirse, olvidó todo, la violencia de su padrastro, a
sus clientes, a sus amigos. Quiso aferrarse a una última visión, aquella donde
veía el rostro de su novio en la noche que este le juró amarlo por siempre, pero
le fue imposible, también ese momento finalmente lo abandono. Entonces sintió
venirse, aún sin desearlo, suspiro fuertemente y se mortificó y deleitó ante la
posibilidad de vivir un extraño orgasmo que lo llenaba de mucha paz. Su cuerpo
y su mente descansaban entonces, René ya no sufriría nunca más.
En la columna inferior de una página perdida en el diario rojo y amarillo se
narró sin delicadeza lo sucedido:
Maricón borracho fue asesinado por tres
mareros tatuados hasta el cuello, quienes luego de arrollarlo con una vieja
camioneta, le produjeron heridas por puñal en todo el cuerpo, insertándole una
botella entre las nalgas. El cadáver no fue reconocido porque su rostro fue
destrozado repetidamente con bates, palos y piedras.
Keb Akabal®.
Pangán, 22 de mayo de 2011.
Cuento originalmente publicado en Taller de Narrativa Experimental del Centro Histórico de Ciudad de Guatemala, 2011. No se concede ningún permiso para su copia, uso, distribución o modificación.