“El Milagro del Angel”
Autor: El Mensajero de Beldevere
Primer Lugar Categoría Cuento, Juegos Florales Totonicapenses
“Oscar Noé Godínez Díaz”. Año 2000.
Soy el fraile Juan José –fue lo único que le pude responder- la mirada penetrante e intimidatoria no me
dejaba reaccionar. Solo habían transcurrido algunos instantes desde que había abandonado las cuevas, la pesadez y
el cansancio hacían presa de mí; y el verme parado frente aquel hombre en medio de la nada, me hizo dudar que se
tratara de un ser humano en realidad, en cambio, lo supuse como una visión producto de mi aturdimiento. Mi terror
aumentó cuando con fuerte voz me dijo: Queda usted arrestado por órdenes del señor Alcalde Mayor. Sin decir nada
y consciente de mí destino, me limite a observar el paisaje. La bruma de la mañana dominaba el escenario y el frío
matinal penetraba hasta el más recóndito espacio de mi cuerpo. Enseguida aquel hombre llamó a su compañero
que se hallaba al pie de la vereda que conducía al lugar donde nos hallábamos y en voz baja le dio instrucciones, que
de inmediato supuse, giraban en torno a mi persona. Mientras uno de los esbirros se dirigía al pueblo a llamar a Don
Enrique; el otro se encargó de vigilarme para evitar, según él, algún intento de fuga. Su pobre alma estaba lejos de
sospechar que mi preocupación giraba en torno a que se descubriera el motivo de mi presencia en aquel lugar.
Felizmente y gracias a mi suerte, mi guardián no tenía la más mínima intención de iniciar conversación alguna.
Viéndome por ese aspecto totalmente liberado; me contente en sentarme al lado de unas rocas que sobresalían de la
cueva, primero para ocultar el interior de la misma y luego para reflexionar sobre lo que me había acontecido. Así
que, olvidando por un tiempo los riesgos sufridos, mi mente voló hacia el estado de contemplación y absorto en mis
propias ideas, hice una remembranza de mi aventura recién pasada, recapitulando paso a paso lo que me había
acontecido.
Llevaba siete años consagrados al servicio de Nuestro Señor y al de su Amada Esposa, la Iglesia de Cristo;
nunca antes había salido de mi tierra natal, España, hasta en ese momento. A los pocos meses de mi investidura
como fraile franciscano, fui enviado a Guatemala al servicio del curato del Santísimo Nombre de Jesús. Sin embargo
mi trabajo me parecía a lo sumo tedioso, al no poder compartir el sufrimiento de la mayor parte de la población. Eso
me impulso a pedir mi traslado a un curato ubicado en provincia. Corría el Año de Cristo de 1,891 y por órdenes de
mis superiores fui trasladado de la capital hacía al oeste del país, al curato de San Miguel Totonicapán. En esta
Parroquia voy cumpliendo ya los ocho meses y desde el primer momento me he identificado con la labor franciscana
de estos lugares. Desde entonces mi vida había transcurrido al servicio comunitario con los naturales de estas tierras.
Sin embargo, desde hacía tres meses se vivían tiempos difíciles, al ser nombrado como Alcalde Mayor del pueblo, un
alma fría y sin principios, la cual al ser incondicional con las políticas liberales; se había empeñado en el ataque
constante a la Iglesia y por ende a nosotros mismos, por nuestro papel de servidores de la misma. Don Enrique
Chavéz, natural de Guatemala y proveniente de una de las familias más aristocráticas; había sido elevado a la cabeza
del Cabildo de la región y fiel a sus creencias, había iniciado cruenta guerra contra el catolicismo y sus seguidores.
Hasta cierto punto, se había limitado a desposeernos de algunas de nuestras propiedades; como el huerto y el jardín
que había a inmediaciones del Templo y que de un momento a otro pasaron a ser propiedades municipales. El
Padre Joaquín, como cura párroco de San Miguel, presentó su protesta al Cabildo en pleno por el atropello
injustificado en el que se nos tenía. Pero con todo, la suerte estaba en nuestra contra y el Cabildo solo se limito a
avalar las decisiones de Don Enrique. Nuestro vía crucis apenas comenzaba; luego el blanco de los ataques de aquel
enviado del averno se volcó hacia nuestros fieles, que agobiados por el excesivo trabajo en las haciendas del sur;
fueron obligados aún a más, con la dura tarea de prestar servicios al municipio. Y como su trabajo en las grandes
fincas se realizaba entre semana; muchas de las nuevas obligaciones fueron cumplidas los domingos, con lo que la
asistencia de personas al Templo mermó considerablemente. La comunidad se había resignado con estoicismo a los
atropellos del que éramos víctimas y se clamaba con más ahínco al Cielo por el cese de tantas injusticias. Así en
poco tiempo la vida en el curato volvió a ser tranquila y hasta se esperaba que los ataques de Don Enrique cesarían
completamente.
Recuerdo que el día anterior a mi captura, cuando las campanas llamaron a maitines, todos los miembros del
convento iniciaron sus labores como solían hacer todos los días. Los primeros brotes de claridad aparecieron
tímidamente tratando de hacer vencer a la obscuridad de la agonizante noche y enviando a las estrellas a su morada
en lo ancho de la bóveda del cielo. Una ligera llovizna, de aquella que es común en el pueblo, bañaba los campos y
bosques del mismo y el silencio del alba iba retrocediendo al canto de los pájaros y las aves. La larga fila de frailes y
sacerdotes fue formándose a medida que abandonábamos nuestras celdas y con paso sosegado nos encaminábamos a
la Capilla próxima al Altar Mayor. Las notas del órgano iniciaron la noble labor de acompañarnos en nuestras
plegarias al Creador y mientras el Padre Joaquín comenzaba la oración de la mañana, mi mente se centraba en
contemplar la exquisitez del templo en donde nos hallábamos. De aproximadamente setenta metros de largo y treinta
de alto, la nave central estaba rodeada de hermosos nichos que guardaban celosamente, venerables y antiguas
imágenes; elaboradas por esmerado artista que plasmó en nobles materiales la poderosa fe que habitaba en su alma.
Remataban en lo alto grandes ventanales que proporcionaban la luz necesaria durante el día, pero que eran por
completo inútiles en las sombras de la noche. El Altar Mayor; bella imitación del frontispicio de un templo
grecorromano, estaba dispuesto con ornamentos dorados, tallados y adheridos a la fachada del conjunto. Presidía el
Altar, la protectora figura de Dios Trino acompañado con lo florido de la corte celestial. En el corazón del Altar se
hallaba el camarín donde reposaba permanentemente el Arcángel San Miguel, Patrono de este pueblo y primero en el
orden angélico allá en el Paraíso. El Templo había sido elaborado con mezcla de ladrillos y dura piedra, teniendo
como color característico el sobrio gris de esta última. Finas trazas de hojas, flores y ángeles primorosamente
coloreadas contrastaban grandemente con la sobriedad de sus paredes. En cada nicho y en el Altar Mayor habían
sido labradas en plata, figuras de Santos y Vírgenes, que resplandecían por la escasa luz que se desprendía de las
velas y que iluminaban de continuo aquel hermoso conjunto. Dispersados luego de finalizar las plegarias, cada uno
de nosotros acudía a su trabajo pastoral; por mi parte me encaminaba al exterior del templo; para abrir las puertas e
iniciar la limpieza del amplio atrio y de sus sólidas y delicadas escalinatas sin embargo y de improviso, el Padre
Joaquín me llama y encomienda la nada agradable comisión de acudir al Cabildo y presentarme ante Don Enrique,
que la víspera anterior había solicitado la presencia de uno de nosotros, para según, él, tratar un asunto de lo más
comprometedor.
Aún guardando ciertos recelos, me encamino a la casa del Cabildo y solicito audiencia con Don Enrique.
Obligado a sostener una larga espera, me coloqué pacientemente en una de las toscas bancas que se encontraban en
el interior del vetusto edificio. Sin moverme durante bastante tiempo, buena parte de la mañana la consumí en esa
irritante espera hasta que el hastío liquidó la poca paciencia y armonía que me sostenían; por lo que avanzo
directamente al salón de donde procedía voz del alcalde mayor. Se encontraba Don Enrique en el salón principal del
Cabildo, reunido en esos momentos, con los que supuse, los alguaciles del pueblo. Sin que ninguno notará mi
presencia y lamentando haber cometido una indiscreción, intentó regresar sobre mis pasos, cuando la sola mención
del templo, hizo detenerme en mi propósito y sin reparo alguno, agucé el oído tras la puerta de aquel lugar. Mi
inquietud dio paso rápidamente a mi sorpresa, cuando me entere del siniestro propósito de Don Enrique. Planeaba
este incendiar esa misma noche la iglesia, con la perversa intención de detener por algún tiempo nuestro trabajo y de
paso aprovechar para despojarnos de gran parte de la tierra que ocupaba el Templo de San Miguel. Sin detenerme a
escuchar las interioridades de semejante atrocidad, mi voluntad inyectó particular fuerza a mis piernas y con mucha
precaución abandone el Cabildo.
Mi alma fue sobrecogida por la angustia y el desaliento; en esos momentos no sabía que hacer, por lo que
juzgué conveniente, dar parte al Padre Joaquín, para que él decidiera nuestro actuar en tan inesperado apuro. No bien
hube terminado de relatar lo acontecido, el Padre Joaquín impresionado iba a comunicarme su decisión al respecto,
cuando sin ser anunciado e irrumpiendo por la fuerza, Don Enrique se instala en mi celda y en tono nada cordial me
dice: Hermano Juan José, ¿No lo esperaba el día de hoy en el Cabildo?. Aún no repuesto por su repentina aparición,
solo alcanzo a murmurar: - Disculpe usted su Excelencia pero mis obligaciones me impidieron presentarme ante su
persona. Mirándome fijamente, se dirige al Padre Joaquín: - No esperaba menos de un cura - le dijo - aparte de todo,
me resultan mentirosos. Padre Joaquín- prosiguió - es necesario que nuestro Hermano Juan José no se encuentre para
mañana en el pueblo de San Miguel. La seguridad de su persona esta algo comprometida y por el bien de los otros
frailes de su congregación, espero que siga mi consejo. Y sin esperar respuesta alguna, abandonó el convento tal y
como había llegado.
El Padre Joaquín temeroso de la integridad de mi persona, decide enviarme a Quetzaltenango y llamando al
Sacristán, le pide que me consiga sin demora algún caballo o borrico para que pueda yo abandonar el pueblo. Aún
sabiendo lo difícil que era hallar en San Miguel un caballo, por las prohibiciones del Gobierno sobre que los
naturales pudieran poseer dichos animales, el inteligente sacristán me consigue al instante una pequeña mula, con la
que soy obligado a salir rumbo a la ciudad del quetzal. No bien había andado una escasa legua, cuando en contra de
la obediencia que ataba mi investidura a las órdenes de mi superior; desvío el camino al sur de San Miguel,
decidido a como fuere a impedir en algo, la infamia que esa noche se pensaba consumar. Merced a la Divina
Providencia, me hallo en el camino a Santiago, niño vivaz e inteligente que de cuando en cuando colaboraba
conmigo para poder comunicarme con aquellos naturales que no hacían uso del castellano y solo hablaban a través
de la lengua de sus antepasados. Santiago, conocedor de las veredas y caminos del pueblo, decide esconderme en las
pequeñas grutas que se hallaban próximas a una animada caída de agua. El aire que se respiraba en aquel lugar era a
lo sumo vivificado por la dulzura del constante caer del líquido azul. Desde mi escondite tenía una panorámica
bastante buena del pueblo y de sus alrededores; y mientras pensaba en la perfidia de Don Enrique y de como
evitarla, espere pacientemente que la tarde se hiciera presente.
Comprendí con resignación que mis fuerzas eran escasas para impedir que el desastre se consumara; pero
decidido a defender la religiosidad de los nativos; vino a mi mente el por lo menos rescatar y poner a salvo al Señor
de San Miguel. Para ello y con la ayuda de Santiago, me hice de algunas prendas de los moradores del área y
disfrazado con dichas ropas me encamine al pueblo a lomo de mula hasta tres cuartos de legua del camino principal,
donde dejando encomendada la mula a Santiago, me encamino deprisa al Templo para realizar allí mis designios.
Como era costumbre en el pueblo; mis hermanos en la fe se dedicaban todas las tardes al sagrado sacramento de la
confesión y mientras permanecían ocupados en atender a muchos de nuestros fieles, discretamente me escondí
detrás del Altar Mayor, aguardando la noche y rogando al buen Dios por el éxito de mi empresa.
No paso mucho tiempo cuando la obscuridad llenó aquel recinto y el diligente sacristán cerró todas las
puertas de la Iglesia y seguidamente abandonó el templo. Según pude enterarme luego, el padre Joaquín al ver
pérdida la iglesia y sin esperanza alguna de evitar la desgracia; había solicitado a todos los frailes y al sacristán, el
encierro anticipado en cada celda y sin despojarse de sus prendas; que estuvieran preparados para abandonar el
lugar no bien se hubiera desatado el fuego. Al encontrarme solo en aquella hermosa construcción no deje de sentirme
desanimado al ver perdido tan valioso y venerable edificio que había albergado la fe cristiana por siglos enteros.
Cobrando valor de mi interior, me encargue de iluminar toda la estancia con las velas que se hallaban diseminadas
alrededor de la extensa nave del templo. Sabía que no había tiempo que perder así que abriendo la puerta central,
amparado en la obscuridad de la noche, deje entrar a Santiago quien junto a mí, avanzó directo al camarín central;
donde forzando el seguro que nos impedía el ingreso, descendimos cuidadosamente a San Miguel; lo colocamos
dentro de dos grandes costales de manta de las que me había traído Santiago y sacándolo fuera del templo, lo
depositamos suavemente sobre el lomo de la mula; encomendando entonces a Santiago que se dirigiera sin demora
hacia nuestro escondite al sur del poblado. Mientras tanto, preparándome para lo peor, abrí la puerta que conducía
hacia la torre de las campanas y despejando el camino hacia la misma, regrese al Altar Mayor, decidido a hacerle
frente a nuestros enemigos. Los nervios crispaban mi ser y la sangre fluía rápidamente por mis venas; la ansiedad
hacía presa de mí y temiendo ser traicionado por mis impulsos, me acerque al órgano del templo y sin notarlo llene el
Altar, la nave vacía y sus alrededores con la dulce melodía que se arrancaba del instrumento, haciendo solemne
aquel instante, con tono pausado y grave inicie a cantar “Te Damos Gracias Señor” mientras la espiritualidad de
aquel sagrado recinto recogía mi canto y lo esparcía deliciosamente en aquella magnífica obra de la mano del
hombre.
Al cesar la música percibí claramente ruidos que venían del exterior; los fantasmas de la obscuridad
emulando al Angel de la Muerte que liquidó la primigenia sangre egipcia amparado bajo las sombras de una
fatídica noche; habían llegado a cumplir con su ritual de destrucción y desolación. Mi sangre se agolpo en un
momento en toda la extensión de mi rostro y observando a través de la nave llena de santos iluminados por el tenue
resplandor de las candelas y con una expresión infinita de dolor marcada en sus rostros, que me anunciaron
silenciosamente la eterna lucha del bien y del mal que jugaba una batalla más, ahora en San Miguel Totonicapán.
Sin demora volví al campanario y al divisar las primeras llamas, con mis fuerzas concentras en mis brazos y manos,
agite duramente las cuerdas y las campanas al punto se desataron en escandaloso llanto, divulgando en su tintineo,
la desgracia que acontecía. El ruido de las campanas ahuyentó a los incendiarios, pero su labor había sido cumplida
completamente y el Templo era víctima de las llamas que avanzaban con suma rapidez, destruyéndolo todo a su
paso. Al darme cuenta de lo peligroso de mi posición, salí corriendo rumbo al convento, pues la puerta principal era
el foco donde provenía todo el incendio. Al correr por los desolados pasillos pude darme cuenta que todos los frailes
se hallaban encerrados bajo llave. Don Enrique no conforme con el incendio; había logrado encerrar al padre Joaquín
y a los demás en el salón mayor de la casa conventual; mi angustia fue enorme y el temor de no liberarlos se
posesionó de mi alma. Rápidamente abandone el lugar en busca de Don Enrique; que gracias a sus perversas
intenciones, se encontraba contemplando el incendio y regocijándose en su maldad. Sin pensarlo dos veces me
dirigí a su persona y sin mediar palabra; con un golpe certero de mi brazo izquierdo lo desplomo al suelo y me
apodero de las llaves. El pueblo atónito trataba en vano de detener el voraz incendio y los pocos que se hallaban a la
par de Don Enrique se quedaron sorprendidos por mi reacción, merced a lo cual no intervinieron. Regrese al
convento y libere a mis hermanos; quienes despavoridos abandonan el lugar en medio de un sofocante humo que
nublaba la visión y hacia imposible el respirar en forma desahogada. Mientras huíamos del incendio, Don Enrique
sumamente molesto por el agravio contra su persona, conminó a sus seguidores a apresarme, por lo que de pronto, al
salir del convento me vi rodeado por aquellos desalmados. El alboroto causado por el fuego y la ayuda oportuna de
los demás franciscanos, evitaron mi captura y sin dilación logró apoderarme del caballo de uno de los alguaciles y
partiendo a galope, abandone el sitio rumbo al sur, en busca de Santiago.
La noche se hallaba muy avanzada cuando llegue a las grutas. Santiago llevaba un buen tiempo
esperándome debido al conocimiento preciso de veredas y atajos que conocía aquel muchacho. A lo lejos divise el
pueblo que se hallaba completamente iluminado por un pequeño sol que provenía del lugar del incendio. Aún en la
cueva, sentía que la imagen del Arcángel no estaba del todo segura y con la ayuda de Santiago nos dedicamos a la
nada fácil tarea de enterrarlo, para evitar que fuera posteriormente hallado y destruido por la infamia que dominaba
el corazón de don Enrique. Al acabar nuestro trabajo y con los primeros signos de claridad; envíe a Santiago al
pueblo para que se enterara de todo lo que había acontecido desde el momento de mi huida. Cuando el muchacho
partió; entré a las cuevas para ocultar cualquier señal que delatara lo que habíamos hecho. Al volver a la boca de la
gruta, los dos alguaciles, sabuesos fieles de don Enrique, se hallaban esperándome. Fue así como fui apresado y
mantenido en este lugar, aguardando la llegada de don Enrique; a quien esperaba ver frente a frente dentro de poco.
Hasta aquí mi situación actual que no me auguraba un tranquilo porvenir.
Pero dejando a un lado mis meditaciones, diviso a lo lejos, la inminente llegada del Alcalde Mayor
acompañado de un buen número de pobladores de la región inquietados por la presencia de don Enrique por esos
lugares. Sin dirigirme la palabra, don Enrique ordena preparar el espacio convenientemente e inicia una especie de
juicio sumario contra mi persona. Don Enrique complacido por lo injustificable de mi actuación, logró convencer a
los presentes sobre mi culpabilidad del incendio al templo y de agresión en contra de su persona. Valiéndose de la
ayuda de sus alguaciles y de sus allegados servidores, guiaron la opinión del pueblo presente contra mi persona y fui
condenado a muerte sin mayores contemplaciones. El odio a la religión había cegado completamente el pensamiento
de don Enrique y olvidando mi derecho a un juicio y defensa justos y a mi calidad de extranjero; soy declarado
culpable con la clara intención de eliminarme en aquel lugar y en este preciso momento. Para ello, instalaron una
horca improvisada en uno de los árboles cercanos a la gruta. Mi alma hallándose por completo tranquila,
mentalmente había iniciado el reconocimiento completo de mis faltas y dispuesto en esta forma, iba a rendir mi alma
al Creador, confiando solamente en él.
De pronto y ante el terror de los presentes, un temblor conmueve las entrañas mismas de la tierra y
liberando de su prisión a San Miguel, el Angel se abre paso entre la tierra, dando la sensación de caminar hacia
nosotros. El día estaba nublado y sin embargo, la figura del Señor de San Miguel brilla en forma intensa que a
muchos nos obliga a apartar la mirada de tan portentoso hecho. Pasados algunos instantes, pudimos observar como
la imagen de San Miguel suspendida en el aire libera hacia el cielo tres círculos concéntricos de una luz de color
azul profundo. Fuertes rayos acompañados de refulgentes relámpagos abren las compuertas del cielo y una fuerte
lluvia cubre los alrededores. El Milagro del Angel San Miguel había concluido. El fervor popular se abrió paso entre
tanto corazón hasta entonces incrédulo y hasta el mismo don Enrique, sorprendido, se postra ante la imagen que
descansa ya sobre unas rocas. El mensaje de Dios había sido escuchado y resguardando de la lluvia a San Miguel en
un improvisado palio, es conducido con júbilo hacia la Plaza Mayor del pueblo. Allí se instala una sencilla Capilla
hecha de hojas y ramas de los árboles de aquella plaza. El milagro es difundido entre todos los habitantes que no
salen de su asombro. Don Enrique arrepentido, humilló su alma ante Dios, mientras el Padre Joaquín inicia a
celebrar la Sagrada Misa en acción de gracias a nuestro Señor por tan loable maravilla.
Alejado del bullicio y de la algarabía, guardaba en mi alma otro milagro aún mayor que el primero; pues
cercano a mi corazón y grabado con fuego celestial, se hallaban impresos tres pequeños círculos azules y
concéntricos que me acompañarán hasta el fin de mi vida. Vivía entonces el 08 de Mayo del Año de Gracia de
1,891.
Keb Akabal®.
San Miguel Totonicapán, 15 de agosto de 2000